Crimson & Clover

por Marcela Astudillo


En un local feo y con olor a aceite comimos papas fritas con ketchup. También me invitaste a una cerveza y me ofreciste pedir un postre, el que yo quisiera. Hacías un ruido raro al comer mientras se te manchaba la barba con mayonesa. Charlamos un par de horas; los libros que tú amabas yo los odiaba, tus películas favoritas no las conocía y tus opiniones políticas me enojaban. Pagaste la cuenta y te ofreciste a llevarme a casa. Caminamos por el Parque Forestal y me contaste sobre algunas canciones que estabas escribiendo para tu próximo disco. Al llegar, te auto invitaste a subir y en el ascensor me acariciaste el pelo. Con cerveza en mano, te sentaste en mi sillón y desordenaste mi colección de cassettes. Los querías escuchar todos, pero tomaste uno de Tommy James & The Shondells. Crimson and Clover es la mejor canción del mundo, me dijiste. Mi sonrisa te reafirmó que yo también pensaba lo mismo. La escuchamos seis veces y la bailamos cuatro. Me sentí un poco enamorada cuando te vi disfrutándola tanto, cantándola con los ojos cerrados, creando segundas voces, besándome en las pausas. Crimson and clover, over and over, crimson and clover over and over, cantábamos después de ese arpegio tan lindo que está al final. Unas horas más tarde te robaste mi cassette después de confesarme que tenías una novia y nos había descubierto. -Rita sabe que te veo cuando viajo a Santiago. Lo siento, no podré pasar más-.