Lombrices

por Ana Cecilia Calle

Carl Dennis dice en un poema que las lombrices sirven 

un propósito mayor

que persisten en un servicio que casi no reconocen.

Yo no creo que nadie las mire,

o que solo sirvan para alimentar pájaros, carnadas,

abrir la tierra y hacerla dócil, buena, fértil.

Estas quince lombrices por ejemplo, se comen

puntuales sus pequeñas pilas de cáscaras

y, supongo, andan borrachas de fresas y bananos,

solo para ser acompañadas hoy por doscientas cincuenta más, 

un estadio suave que vibra entre trocitos de cartón.

Las imagino y, desde hace unos días, también entro a observarlas.

No es cierto entonces, que nadie las vea.

Al camino de la lombriz se le siente y se le anticipa:

abren un nido subterráneo a otras especies, traen el limo, sí.

Pero también andan en su propia valía, vivir húmedas comiendo.

Lo que pasa con lo que engullen, que sean un puente entre la materia 

y las plantas, no es problema de ellas.

Ciegas, no cantan la canción del desprecio. 

Las cecilias, por ejemplo, reposan en los pantanos y tienen huesos.

Parecen lombrices, pero no lo son, y son igualmente despreciadas

porque no parecen ágiles, pero

comen lombrices —las cantantes de la tierra—. 

Como ellas, no necesitan ver, solo percibir la luz. Con eso basta para encontrar

insectos y comer y comer y medir más de un metro y ser como sus primas más pequeñas.

Una versión con espina dorsal, el engendro de lo útil.

A Carl Dennis seguro no le gustarían las cecilias. 

Se van a dormir con una puntualidad monstruosa.

Cada que el sol baja, salen del agua, se enroscan, medio anfibias, 

y sueñan con el movimiento de la tierra, sin la angustia del que intenta y no puede.