3 mails que no envié

por Marcela Astudillo


Tres mails que no envié

  1. Mateo,
    Ese viernes que nos dimos tres besos en la Estación Baquedano me emborraché por primera vez. Recuerdo que estaba tocando en vivo Javiera Mena y vendían cerveza Baltica a 200 pesos. Tu escuela estaba tomada por el centro de estudiantes que exigía salubridad en los baños y fumigación de cucarachas y bichos raros. El lugar era horrible y acumulaba, desde hace días, colillas de cigarrillos, forros usados y cajas de vino vacías en cada rincón. Todos bailaban como hipnotizados y en la oscuridad se tocaban bajo los uniformes escolares. Con sigilo y timidez, abrí la segunda lata de cerveza y me sentí mareada. Tú habías tomado bastante y estabas bien, tarareabas el coro de la canción y sonreías. Me dijiste al oído que la música pop era para los de clase media alta y que el punk era para el pueblo. Reí, a los 15 años aún me costaba contradecir ideas. Nos alejamos del tumulto y caminamos hacia la salida. Buscaste en tu mochila, sucia y raída, unos cigarrillos sueltos y un paquete con envoltorio navideño. Era para mí, una copia del Manifiesto contra la sociedad industrial del Unabomber. Ahí está la luz, dijiste. Esa misma noche lo leí, quería que te asombraras de mi rapidez y de mis análisis a los capítulos más controversiales y visionarios. Horas más tarde caminamos hacia la estación de metro, quedaban pocos minutos para el cierre y los altavoces enumeraban, uno a uno, los últimos trenes hacia las líneas 1, 2, 4 y 5. Miré los mensajes de texto del celular; 3 de mamá, 8 de papá, 1 de mi abuelo. Estaba burlando el horario de llegada, por primera vez en mis cortos años. Intentamos despedirnos rápidamente, pero nuestros besos adolescentes se intensificaron cada vez más. Todos a nuestro alrededor nos miraban y reían, fuimos el último espectáculo antes del cierre del andén. Se me ocurrió que recordar nuestra adolescencia era el mejor preámbulo para preguntarte, después de diez años, ¿cómo estás?
    besos,

    Marce
    (+54 9 11 56211359)

  2. Lucas,
    Ahora me doy cuenta que no te quería tanto como para bancarme tu depresión, ni para esperar a que eligieras entre tu ex y yo. No me gustaba tu masa madre, tu polenta, ni la canciones andinas que ponías en la mañana. No sé por qué fingí agrado y empatía. Mi terapeuta me dijo que me despidiera de ti con gratitud y alegría, deseándote un buen camino, una buena vida. Pero no, no quiero. Te dejé de seguir en Instagram y cambié la contraseña de Netflix para que no puedas seguir viendo Breaking bad. Búscala en Cuevana y de paso, engánchate una docena de virus letales para la computadora, de esos que te direccionan a las peores páginas porno y a los botones que aprietas, e instantáneamente, te envían de regalo el Iphone doce desde Miami hacia La boca.

    Marcela A.

  3. Juan,
    Ese día que me dijiste que tenía la cara llena de acné y me faltaba amor propio por no pedir un turno médico, grité bajo la almohada y te putié hasta que me quedé dormida. Entre mis deseos, intrínsecos y oscuros, iempre estuvo el boicotearte la escultura que estabas haciendo para exponer en la galería. En cada detalle, me hiciste sentir que yo no estaba a tu altura, ahora lo sé. Dos noches después, oculta en tu taller, te rompí esa herramienta pequeña y cara que tenías. Sí, fui yo, convencida de que violencia con violencia se paga.

    Marcela A