Mi deseo célibe

por Valentina Saievich

¿En qué pensás?, me pregunta.

Sus ojos son dos piedras ambarinas que sienten curiosidad por leer las mías, mis piedras grises, opacas.

Sus manos acarician mis mejillas, siento mi piel como la más suave del mundo. Luego se deslizan por mi cuello, bajan hasta mi nuca. Cierro los ojos y tomo aire por la nariz.

Sus dedos se entrelazan en mi pelo, que se convierte en la telaraña más sedosa del universo.

No sé en qué pienso, pienso.

Sus manos ahora recorren mi espalda por encima de mi camisa.

O tal vez sí sé: me gusta esto, así, nada más.

O quizás un poquito más: que sus manos se asomen sobre mi vientre, lleguen hasta mi pecho.

Pero solo así, de forma muy tangencial. Movimientos suaves sobre mi camisa, que sus dedos dibujen un ocho sobre mi pecho.

O un infinito. Eso: movimientos tangenciales, suaves, infinitos.

¿Cómo infinitos? ¿Hasta cuándo?

Eso pienso: hasta cuándo. No pueden durar para siempre.

Los movimientos, digo. Así como la Tierra tampoco girará alrededor del sol por siempre.

No me refiero a la muerte. Aunque en el fondo siempre el final de las cosas tenga que ver con ella.

Me refiero a otro tipo de finitud, a la caducidad de mi pureza más allá de mi deseo de que las cosas permanezcan así, que sus manos nunca lleguen a traspasar mi ropa.

¿En qué pienso?

Ahora en el deseo, en mi deseo. Tengo un deseo, aunque a veces lo confunda con su ausencia: que el roce indirecto sea perpetuo.

Pienso en la mujer a la que se le agrietaban las manos porque su hombre no se dejaba acariciar.

A primera vista soy humana.

A primer tacto soy humana.

Tengo ojos de humana, cara, cuello, torso, manos de humana.

En mi placard no hay nada más que polleras largas colgadas en perchas. Una hilera de cortinas para que desde afuera de las piernas no pueda verse el adentro.

Aunque tampoco veo demasiado estando adentro (no sé en qué pienso), como si el espejo siempre estuviera empañado.

Uso pollera porque se parece al agua: en ambas escondo el secreto que subyace a mi torso, oculto el síntoma de mi devoción.

No puede durar para siempre. Pero pienso en cuando la gata huele la comida desde lejos y corre desesperada hacia ella. Cuando al fin la tiene enfrente, no la come, da media vuelta y se va.

Pienso en que la contradicción del deseo no es exclusiva de los humanos. ¡Tan gigante el castillo de naipes de nuestro egocentrismo para que sea derrumbado por el bigote sedoso de una gata!

Es cierto. No puede durar para siempre. En algún momento la gata, en vez de darse la vuelta, agachará la cabeza y vaciará el plato.

Pero aun así ¿a quién no le gusta cultivar el hambre antes del momento de comer?

Mi vulva sagrada. Mía y de nadie más.

(No sé si la religión considera virgen a la que no es tocada por nadie, excepto por sí misma. Quiero decir, si de verdad es soberana de su propio cuerpo, y con él, siempre y cuando no involucre a terceros, puede hacer lo que le plazca. Eso: si el placer es algo que, aunque sea en soledad, tiene permitido).

Mi pollera favorita tiene una estampa de rosas blancas.

Las rosas blancas representan la pasión estéril. Son hermosas a los ojos; se cierran al tocarlas.

La vulva como altar. La vulva como un símbolo. La vulva como un concepto etéreo, intangible. La vulva como ¡ay, mi órgano bendito, mi cavidad santificada, mi mucosa inaccesible! La vulva como una flor inexistente.

No. No puede durar para siempre el goce en el límite. En algún momento habrá que cruzarlo, supongo.

Sus manos se posan sobre mi pollera y bajan lentamente hasta donde termina, a la altura de mis tobillos perecederos, para entrar por debajo de ella.

Es de noche, y en ese momento en que su piel entra en contacto con la mía, un relámpago blanco agrieta el cielo azul oscuro, ilumina mi rostro asustado, pálido, que todavía conserva sus rasgos humanos, y me da tiempo para correr al baño para cuando el trueno haga vibrar las ventanas, abrir la ducha, poner el tapón en la bañera y llenarla para sumergir mi cola antes de que su piel tornasolada, impenetrable excepto por el agua, se deshidrate.

Una bañera de agua bendita para redimir mis pecados. La monstruosidad en forma de escamas en lo que eran mis piernas.

Debo sumergirme para sosegar a mi virginidad enfurecida, y evitar que su ira desate una tormenta que inunde la habitación y levante el piso de madera. Para que la fuerza del trueno sea solo una amenaza, un llamado de atención.

¿En qué pensás?, retumba en la bañera.

Pienso en otras veces en habitaciones como esta. En esa vez, una sola, en que mi respiración se agitaba más y más, mientras mi cuerpo palpitaba como un sapo aterrado. Éramos chicos, y fue entonces cuando debutó en mí el hechizo anfibio.

Pará, vamos a despertar a tu hermano, susurré con la última reserva de aire que me quedaba.

Pero esa vez -quizás por ser mi iniciación, mi bautismo-, fue distinta. La chispa de mi deseo no se apagó, se convirtió en fuego.

Y tuve miedo, no de inundar, sino de incendiarlo todo.

Pienso en qué pensaba aquella vez: no en mi ausencia de deseo, no en el destino mitad mamífero mitad ovíparo que me esperaría en cuanto las pieles atravesaran la tela.

En ese momento no usaba pollera larga.

Pienso también que un día, sin darme cuenta, voy a olvidarme la canilla de la bañera abierta. El cielo se va a iluminar, resquebrajado por una descarga eléctrica, pero no me voy a mover. Y cuando suene el trueno, el grito de furia de mi virginidad, no habré huido a sumergirme a ninguna parte. Voy a estar ahí, rendida sobre mis dos mitades humanas, el torso de siempre y las piernas libres y terrestres.

Olvidaré la canilla abierta, como una enamorada que incendia su casa con la hornalla y la llave de gas abiertas por una distracción, y la bañera va a rebalsar, al fin va a rebalsar, y entonces me veré obligada a sacar el tapón, sin el cual ya no tendré un refugio acuático para mi sirena.

Cambiaré las rosas blancas por rosas rojas. Podré prescindir de las polleras.