Pasaporte

por Alejandra FC

Señora muy de clase media proveniente de algún barrio del norte de CABA viene a mi estudio prestado por mi anterior jefa que como no me pagó me deja usarlo para agarrar mis casos en su departamento refinado frente a la plaza de los dos congresos. Mi ex jefa es abogada y policía, descendiente de rusos y alemanes. Sostiene que está bien que alguien trabaje gratis porque así se adquiere la experiencia. Coincidimos en que nuestros respectivos abuelos inmigrantes llegaron a Paysandú, el mismo pueblo del interior del Uruguay y no podíamos creer tanta coincidencia. Pero fuera de eso no coincido en absolutamente nada más. Sobre todo cuando piensa que el pobre es pobre porque quiere y ella todo se lo ganó trabajando. Me luzco con mi clienta porque a esas señoras le gusta todo lo que aparenta clásico y de categoría. Admira toda la arquitectura, los portones y ventanales viejos. Quiere que la ayude a que sus hijas puedan irse del país a un lugar en serio como en Europa y puedan dejar este país que ya “no da para más” , me acuerdo que fue para fines de octubre del 2019. La señora se jubiló de migraciones donde según ella, en la época de los militares “se hacían las cosas en serio y no como ahora”, “que a los uruguayos tupamaros los deportaban”. “Los venezolanos dentro de todo vienen a trabajar y siempre tienen los papeles en regla”. “Cómo mis abuelos, gente de bien, que también vinieron a trabajar y no a vivir de planes. Que no tenían nada e igual salieron adelante, se hicieron su casa, solitos solitos sin ayuda de absolutamente nadie”. Mientras cuento esto, rebobinar esta cinta de un cassette que escucho y leo muy seguido, y cada vez que pasa tengo menos inmunidad de que me dé asco y repulsión ese mismo discurso, creo que no existe una vacuna contra mi rechazo a ese tipo de gente y la romanización e idealización de un montón de personas pobres y explotadas que solo pudieron cambiar las penurias humanas europeas por las australes, es algo que nunca voy a entender. También me gustaría tener una conversación muy seria con aquellas personas que remiten la historia de su abuele o chozne como todo justificativo de los problemas que se viven hoy en día. No puedo creer que solo para mí la idea de comparar una historia de hace 100 años con una actual no merezca ni el intento. No sé si soy muy injusta en pensar que el mundo de hace 20 años directamente ya no existe, y mucho menos el de hace 100 años. Si llegado al caso lo tengo presente, es toda una historia de ficción. Cómo cuando Fabi, mi compañero de trabajo, me dijo que este no era el país que le dejaron sus abueles, era otro, que quería vivir en la Argentina de principios de 1930 llena de oportunidades. Y en verdad no sé que le reprocho si me lo dijo claro, a él solo le interesa vivir en el pasado siendo un muchacho joven. Es como si los grandes movimientos sociales que conquistaron tantos derechos para las personas, para él nunca hubiese existido, al igual que para mí una historia del pasado no tiene ninguna entidad. A la señora de clase media me la recomendó un ex cliente, un chico modelo, muy ponderado de dinero y soberbia que se fue a Europa convencido que mi trabajo para que el pudiera vivir allá no era en serio ni estaba tan bien hecho como para que yo pudiera pedirles honorarios y por eso no me pagó nada. Todos revindican a sus abueles, se quieren ir a sus países y se nota que le tomaron el gusto a que existan personas románticamente explotadas como yo, nunca ellos, mejor yo porque siempre a alguien le toca ese lugar. Por suerte está clienta referida si me paga, agradece mi trabajo, logra tener conversaciones más agradables conmigo y sigue admirando y sacándole fotos a los detalles del edificio. Me menciona que su hija recién vino de Chile, otro país en serio no como este, que fue de viaje de trabajo que la mandó la empresa donde trabaja que es una empresa muy prestigiosa, seria y bien posicionada. Pasan los días y un cliente, un muchacho médico salteño me bloquea del Whatsapp cuando le aviso que le conseguí su partida de una comuna italiana próxima a Venecia para que él pudiera pedir su ciudadanía, otro más que no me va a pagar. En medio de mi indignación no respondo ni miro el celular por mucho tiempo, los reiterados mensajes de alguien que quiere comunicarse conmigo, estaba en el subte y no escuchaba bien. Sería alguien más que querría que yo le trabaje gratis o algún vendedor. Reflexiono durante un largo tiempo. Tuve muchos clientes satisfactorios pero los que no lo son pudren toda mi voluntad y a eso tampoco soy inmune. No sé qué hacer para que dejen de pensar que los trabajadores tenemos categorías para que otros decidan si debemos ser pagados o no, así como pareciera que los inmigrantes también tienen categorías para ser bien   (Al final se resolvió el origen del llamado, la empresa muy seria y de bien dónde trabaja la hija de la señora de clase media quiere que yo trabaje para ellos)