Los límites de la distancia

por Valentina Saievich

Compatriotas,
hemos fracasado.
Hemos decidido rendirnos ante la superioridad de la naturaleza.
Somos pequeños,
más de lo que pensábamos,
una partícula de polvo en comparación a las estrellas, que creímos puntos brillantes en el cielo,
entes insignificantes esparcidos en un rincón del universo
respecto del cual todavía nos preguntamos si es o no es
infinito.
No lo sabemos,
tampoco
hemos llegado a la luna,
el simulacro fue parte del plan:
adherir a toda la humanidad a nuestra empresa,
hacerla creer,
como nosotros creímos, por supuesto que lo creímos
en su momento, jamás haríamos promesas sin tenernos fé,
que habíamos superado los límites de la distancia.
Pero esta vez,
fracasamos, compatriotas.
No hemos descifrado la naturaleza,
aunque sí la hemos desafiado,
¡y cuánto!, deberíamos estar orgullosos;
es cierto, no hemos alcanzado el conocimiento absoluto del espacio,
seguimos sin saber si la nada existe,
ni cuándo empezó todo,
ni por qué venimos al mundo.
Pero lo hemos intentado,
hemos buscado la piedra filosofal,
el elixir de la vida,
la fuente de la juventud perpetua,

hemos inventado cualquier cosa con el fin de posponer
el fin;
hemos hecho todo lo posible por aumentar la esperanza de vida,
con vistas a hacer de su significado algo obsoleto,
por acortar tiempos y distancias muertas, y así alargar las vivas:
aviones que viajan a novecientos kilómetros por hora,
aunque soñábamos con no tener que hablar nunca más de horas, ¿para qué hacerlo?
hubiera sido inútil. Pero
como nos hemos rendido,
como nuestra empresa no ha prosperado, no lo es,
y merece la pena conmemorar las miles de variedades de electrodomésticos,
cuyos programas de máxima potencia y velocidad supimos conseguir,
lavarropas de centrifugado dinámico,
lavavajillas con poder astringente a 85 grados,
tostadoras, microondas, licuadoras con cuchillas asesinas,
aspiradoras, y la esclavitud,
sin la cual no podríamos
seguir funcionando como sociedad, cuyos roles esenciales,
quisimos preservar; por eso
parte de nuestro plan era garantizar la inmortalidad
incluso a los esclavos.

Quisimos priorizar el buen uso de las horas,
con el fin de erradicarlas para siempre.
Pero qué redundante hubiera sido el para siempre,
también lo habríamos erradicado.

Compatriotas, hemos fracasado,
pero no olvidemos el nivel de progreso que hemos alcanzado
al combinar todo tipo de sustancias,
de origen animal, vegetal,

raw, gluten free, not tested on animals,
sin parabenos,
pH alto, pH bajo,
tóxicas, agrotóxicas
y agroecológicas,
para suavizar el cutis,
y reavivar la llama de la juventud a flor de piel, valga la redundancia.
El cuerpo humano dejó atrás su rigidez,
se hizo flexible, la silicona ayudó,
para acomodarse a lo que le hemos pedido:
no envejecer.
aunque hablar de juventud, es lo que queríamos dejar de hacer,
porque ¿para qué perder el tiempo hablando de relatividades
como la vejez
o la juventud
si fuéramos, afortunadamente,
infinitos?
¡Aunque perder el tiempo no habría sido posible!

Los médicos han hecho todo tipo de cirugías
han colocado prótesis, realizado trasplantes
para estirar la vida,
la orinoterapia no funcionó.
Hemos fomentado estilos de vida saludables,
dieta equilibrada y actividad física regular,
garantía de la belleza, tan buscada en el mercado.
Los conservantes hicieron lo suyo en los alimentos,
enlatados y leche larga vida.
Hemos producido a niveles muy superiores a los necesarios
para abastecer a la población mundial,
y aún así hemos garantizado el hambre y la falta,

es decir, la demanda y la escasez, en términos económicos,
para seguir produciendo con la insatisfacción como excusa, aunque también
para proveernos en vista a nuestro extenso futuro venidero,
expectativa que no supimos conseguir.

Soñábamos con cantar oíd inmortales,
pero no hemos llegado a tanto.

Sin embargo merece la pena preguntarse
¿cómo íbamos a superar por completo nuestra finitud si, para empezar,
no existimos desde siempre?
Es decir,
si nuestro nacimiento se ubica en un punto temporal específico, y antes de él
no hay nada.
En todo caso hablaríamos de una eternidad a medias,
futura, pero no pasada.
Nacer y morir, en cambio,
significa simetría,
hay que reconocerlo.

¿Cómo íbamos a conseguirlo si se nos fue de las manos
el asunto de los suicidios?
La idea era fomentarlos, controladamente,
con el fin de educar al resto en el arte
de valorar la vida, cantar
vivamos o juremos con gloria vivir,
todo a través del mecanismo del miedo, claro,
pero un miedo constructivo.
Resultaron ser contagiosos.
Necesitábamos locos
pero no tantos,

sólo los suficientes
como para que los demás concibieran sus vidas como oro,
y para que el día de la inauguración
de Nuestra Empresa,
cuando fuéramos al fin (aunque
ya no hablaríamos de ningún fin)
inmortales,
nos nombraran gobernantes vitalicios,
aunque sería reiterativo llamar vitalicios
a los Creadores de la inmortalidad.

Si la hubiéramos alcanzado nada nos correría,
pero paradójicamente, con la finalidad de alcanzarla
hemos aumentado los niveles de velocidad en las ciudades,
y entrenado a la población en la rapidez
para actuar en caso de que algo frustrara la Empresa Inmortalidad.
Lo hemos hecho para hacer de ella una expectativa universal;
para eso el tiempo, valioso, tenía que hacerse desear.

El infinito es inalcanzable;
siempre que agreguemos una cifra a otra,
por más grandes que sean,
seguirá existiendo una cantidad definida,
inmensa pero nunca infinita.
En todo caso al infinito se tiende,
y si hubiéramos logrado hacerlo,
tender al infinito en edad,
(aunque no hablaríamos de edad,
el sería cada día más inocuo, al igual que la duración de la vida)
eso habría implicado tender al infinito también en cantidad,
a menos que detuviéramos los nacimientos, ¿y quién querría ser inmortal

rodeado de la misma gente para el resto de la eternidad?
Si nadie muere y nadie nace,
no quedaría nadie por conocer:
un escenario tan irrealizable como serle fiel a la pareja de toda la vida.
¿Y qué sería de una pareja de toda la vida sin el hasta que la muerte los separe?
Hasta que la vida los separe,
y tal vez los reencuentre, porque habría todo el tiempo del mundo para verse
y volver a verse.
No habría última vez.

No estamos emitiendo este comunicado desde el espacio,
donde siempre dijimos que nos encontrábamos para motivarlos, para incentivar la fé.
no estamos en las alturas,
ni somos todopoderosos,
sí es cierto que nuestros drones monitorean todo, pero el poder les pertenece a ellos,
así como el alumno supera al maestro,
y el robot supera a su inventor,
y Pinocho supera a Repetto,
o bien el muñeco de madera al carpintero.
Pero en su carácter de creada por otro,
la tecnología sólo sabe autodestruirse,
y así es cómo este comunicado
finalizará en diez segundos,
aunque nos hubiese gustado no tener que contarlos, que fuera inútil
dado un hipotético tiempo infinito.
¡pero sí lo es!
efectivamente,
a menos que lo destruyamos, junto con la humanidad, para la cual, una vez reducida a cenizas,
el tiempo habría dejado de existir, pues al no existir ella, estaría fuera del tiempo.
Entonces sí tendría sentido hacer la cuenta regresiva en vistas al fin
de la humanidad y del tiempo,

y también de este mensaje
Fin del comunicado