Burda

por Verónica Castagnino

Esa noche estrené un par pantalones azules pata de elefante, que conseguí esa misma tarde  en una feria americana de la bond street. También me compré una camisa ajustada de mangas cortas y cuello ancho, que simulaba pertenecer a la misma época que los pantalones que eran “de los setenta originales”, según las palabras de la vendedora. ¿Yo tenía el pelo corto y teñido de rojo en esa época? No se, pero me gusta creer que si. Que era una especie de Bowie atravesando el aire espeso del conurbano un sábado a la noche.

El vestuario lo compré específicamente para esa noche como hacía con los eventos programados con tiempo. Mi vestimenta era el resultado de un análisis previo, un punto de equilibrio entre lo que sabía del acontecimiento, mi estado anímico y la imagen que quería proyectar esa noche.  A veces la ropa era como una medicación que me colocaba en el estado que necesitaba para afrontar ciertas situaciones. Era un disfraz.

Un amigo había organizado una fiesta con fines de lucro. Era un emprendimiento  frecuente en muchas de la personas que conocía. La fantasía de volver rentable lo placentero era una obsesión para quienes habían sufrido recientemente sus primeras experiencias laborales y no tenían vocación universitaria, ni oficio. Las fiesta se nos daban fácil, nos divertían y se hacían aunque no  resistieran un análisis FODA.  Yo consumía todos los emprendimientos que florencian a mi alrededor y me gestionaba aventuras desesperadas y amnesias temporales como manera de soportar el mal sabor que me dejaban las 8 horas diarias de trabajo en una oficina. Me daba esperanzas que alguien pudiera escapar de la relación de dependencia. A mí el capitalismo me tenía girando como un perro que quiere morderse la cola.

La fiesta de esa noche tenía la ventaja de la cercanía y la comodidad de la endogamia . Mi grupo de amigos asistiría con convicción militante, arrastrando consigo a más amigos y conocidos, dándole a la fiesta un interés colectivo y un carácter obligatorio..

Iba a buscar a una amiga para ir juntas a la fiesta,  cruzando la avenida Mitre encendida de efervescencia nocturna, con mis largas piernas que podían darse el lujo de ir pisando las blancas  líneas iridiscentes  de la senda peatonal, con las botamangas anchas como banderas ondeando a cada paso, el tacón  de madera de mis  zapatos tipo mocasin marcando el ritmo de mis movimientos, imponiéndose en la batalla sonora entre los estéreos divididos entre el rock rolinga y la cumbia. Las luces de los autos esperando el verde del semáforo convertían el cruce en una pasarela por la que yo caminaba altiva. A la mitad del recorrido entre las dos veredas el taco de mi pie izquierdo se enganchó en la botamanga del pantalón entrando en el espacio de tela como si fuera un bolsillo hecho a su medida, convirtiendo mis dos piernas  en una sola, gorda y deforme, derribando mi cuerpo como si fuera  un árbol recién talado. Caí en el piso como crucificada.

En esos instantes en que el cerebro todavía no incorpora la noticia de que el cuerpo fue víctima de una fuerza superior a sus posibilidades, fue que sentí un frío en la zona de mis nalgas. No puede ser, pensé. Acto seguido y todavía tendida , lleve la mano a mi cola, para confirmar lo temido. Sentí el encaje de mi bombacha y mi piel en la yema de mis dedos. Mi pantalón había estallado, el hilo de los años setenta no soporto el paso de los años. Mi culo quedó expuesto a la luz tiza del alumbrado público. Ese culo que me avergonzaba en la playa, ese culo tan diferente al de las revistas y tanto más cercano al clasicismo de la fuente de las Nereidas, mi culo que oculto ya era materia opinión para los hombres, estaba allí tendido a la vista , reuniendo todos sus significados  en un  solo momento y lugar.

Las bocinas sonaron ante el espectáculo como cuando los hinchas de un equipo se trasladan en caravana automovilística a celebrar un campeonato. Me levanté sin mirar nada, ciega, tratando de entender la forma que tenía mi pantalón ahora  y tratando de juntarlo mientras caminaba volviendo hacia atrás. En la vereda me recibió la cara de pánico de una chica que quedó  inmóvil,  como temiendo que al moverse ella también fuera víctima de una experiencia como la mía. Que feo lo que te está pasando, dijo. No le conteste, no  la mire siquiera. Estaba tratando de atar mi campera de jean alrededor de mi cintura. El pantalón se rajó desde la parte inferior del cierre delantero hasta la espalda, quedó como esos cubre piernas de cuero que usan los cowboy en las películas. Tapar mi desnudez no estaba resultando fácil. Agradecida de estar solo a dos cuadras de mi casa camine como cangrejo  hasta llegar a ella.

-Hola Vicky, le dije a mi amiga cuando cuando me atendió por teléfono.

-¿Todavía ahí?

-Tuve un problema. ¿Vos sabés coser? ¿Tenés costurero? Se me rompió un pantalón que me quiero poner hoy. No me vas a creer lo que me pasó.

-Si tengo todo, ¿qué  pasó?

-Ahi voy y te cuento.

Mientras Vicky cosía, le conté lo que pasó y nos reímos  a carcajadas parando solo para suspirar y lamentarnos por nuestra suerte, como hacíamos siempre

En la fiesta nos encontramos con todos los amigos y personajes locales que eran parte de nuestra vida de ese momento que era como una serie con bajo presupuesto y pocos extras.  El lugar era un club de barrio con piso de mosaico granítico gris oscuro y con una barra al fondo conformada por una heladera rota de madera con vidrio adelante, llena de botellas viejas y sucias, como de viejo almacén. La poca luz  era más una condición de deterioro de la luminaria existente que algo previsto para una fiesta nocturna. En las paredes estaban colgados  algunos de los dibujos que hacía mi amigo, el anfitrión de la fiesta. Mujeres desnudas y sexualizadas al estilo MIlo Manara que me recordaban las revistas Sex Humor que mi papá dejaba medio escondidas en el placard y que me daban  rechazo, vergüenza y curiosidad a la vez. Desde mi entrada a la fiesta  hubo algo que me deprimió, como de potencial fracaso como un teatro semi vacío. A veces sentía que  éramos  como  niños vendiendo porquerias en la vereda, jugando al negocio. Fui a comprar cervezas y me di cuenta que mi lugar era la cocina en donde se juntaba un pequeño reducto amigos, cubriendo ese sector destinado al expendio de bebidas. La cocina siempre resultaba un refugio,  sobre todo en las fiestas en donde la pista estaba despoblada.

Recuerdo que el cuento de la caída se convirtió en una rutina cómica exitosa esa misma noche. Cada uno que pasaba terminaba por escuchar mi relato del accidente para reirse hasta las lágrimas. En esa época los fracasos tenían mayor valor narrativo que los éxitos, sobre todo cuando eran contados de forma irónica. En algunos momentos salí a bailar y a “llenar la pista” como si mi rol fuera la animación del evento y éxito comercial de la iniciativa dependiera también de mi comportamiento. .

En una de esas salidas lo encontré a M. Siempre que nos encontrábamos hacíamos una pausa de un segundo como en una telenovela en una escena de sorpresa, aunque era perfectamente posible vernos ahí. Teníamos amigos en común y la dinámica de nuestra relación se daba así, fingiendo que nos encontrábamos casualmente y de esa casualidad nacía la posibilidad de estar juntos. Lejos de ser tan despreocupado como esta dinámica lo aparentaba,  nuestro vínculo era una pesadilla llena de conflictos desde el inicio.

Habíamos arrancado dos años antes con las expectativas de un enamoramiento que parecía mutuo. Sin embargo M., que en un principio alimentó estas expectativas  con poemas  y largas charlas telefónicas,  se encargó  de declararlo inconveniente e imposible al día siguiente de nuestro primer contacto físico.  Encaprichada, a pesar de las trabas que me exponía,  fue que  acepte entre otras  cosas, su condición psiquiátrica. Primero con voluntarismo e ignorancia, luego con romantización y pena, finalmente con resignación y aburrimiento. Conocía los ciclos de su comportamiento tanto como la medicación que tomaba y sus efectos colaterales. Muchas veces había oficiado de enfermera, otras tantas de amiga.  M.  había  ganado la pulseada por la atención y el poder a fuerza de patologías y machismo. Intentaba tener sexo tanto como cortar y cuando planteaba una separación volvia a buscarme de manera casual a los pocos días. En  las oportunidades en que había rechazado su vuelta o había intentado poner un límite a lo inestable de la situación, la reacción de M. había sido dramática  y casi violenta. Con el tiempo me resigne a  las idas y vueltas con amargura sintiendo el fracaso completo de mi fuerza de voluntad, preguntándome cómo  y cuándo sería el final. No había un futuro posible con M.  pero no sabía cómo lograr que  desapareciera de mi  presente.

No teníamos reglas porque ponerlas sería reconocer el vínculo, nombrarlo. Se entendía  de manera tácita que en esa negación absoluta de compromiso había espacio para otras experiencias. M. las había tenido o al menos eso me decía. Yo nunca sabía si creer en su palabras o si eran productos de sus  fantasías.

Uno de sus números más frecuentes era mostrarse interesado por otra mujer en un lugar donde estuviéramos ambos.  Ese comportamiento me daba tanto rechazo y vergüenza como esas revistas eróticas en el placard de mis padres. Me irritaba lo incómodo que podía resultar para nuestros amigos participar de ese espectáculo, aunque probablemente nadie lo percibiera, cuando sucedía todos estaban lo suficientemente borrachos y drogados como para no enterarse de nada.  De todas formas nuestra relación no era la única extraña y tormentosa, era la moda grupal de ese momento.

Esa noche M. hizo su performance de “atracción súbita por una extraña”. Me pareció cada vez más irreal y sobreactuada. Era una forma de agresión que me tenía como única destinataria. Lo llamé para hablar aparte, que era la acción equivalente a ver un huracán y correr a su encuentro.

-Te queria decir que ya me parece de mal gusto que intentes levantarte alguien delante de todos solo para dejarme en el papel de estúpida, dije como si fuera parte de una escena que había ensayado muchas veces.

-¿Estás celosa ? Pregunto o M.  dejando escapar el aire de una risa entre sus palabras

-No para nada, es una cuestión de respeto. Yo podría traer acá a la persona con la que estoy saliendo, pero por buen gusto no lo hago.

Sintió el vértigo de quien salta de un avión, antes de que el paracaídas abriera.

-No entiendo, dijo M.

-Lo que dije, conocí a alguien.

Era verdad, no estaba tan loca como para inventar una amante. Hacía dos meses que me estaba viendo un chico que había conocido en una sala de chat, en la casa de una amiga porque  yo ni siquiera tenía computadora aun. Era la primera vez en dos años que  estaba con alguien más.

-Que bien, Verónica, me alegro mucho, de verdad. Te lo mereces.

-Bueno, me voy a casa. Dije, tratando de que todo quede ahí, lo cual sabía que era imposible.

-Te acompaño, dijo M.

No me  atreví a decir que no. Mi casa quedaba a quince cuadras y por la zona no había remiserías; me daba miedo caminar sola y ya no quedaba nadie que pudiera acompañarme. A veces no sabía cómo  elegir entre varios peligros cuál era el menor.

-Vamos, dije entonces.

Mi nueva historia no tenía nada de prometedora pero era amable y conservadora, algo que no había experimentado  nunca. Se estaba volviendo peligroso sostener ambos vínculos,  había riesgos de que M. se enterara por alguien o se lo cruzara en casa como en una comedia de puertas.  M. tenía por costumbre caer  sin aviso  a  cualquier hora de la  madrugada  como si fuera un derecho adquirido  Si eso pasaba no podía imaginar cuál sería el desenlace. Por otra parte, me resultaba  curioso que desde que tenía  dos relaciones M.  había empezado a encarrilar su comportamiento. Programaba encuentros con antelación para los días sábados El plan siempre era escuchar  música juntos en mi departamento. M. traia sus compact de jazz erudito y hablaba de literatura mientras tomábamos vino. Una vez hasta había hablado de quedarse a dormir conmigo, como un  proyecto a futuro. Desde el principio M. tenía la costumbre de saltar de la cama después del sexo, para vestirse y fumar en una silla mientras yo me quedaba acostada. La situación me daba gracia; “parece que se convierte en un psicólogo” le decía a mis amigas.  Terminado su cigarrillo huía hacia su casa. Otra cosa que hizo  durante esos últimos tiempos fue traer un paquete de yerba de cinco kilos para tomar cuando viniera por las tardes, yo nunca tenía nada. A pesar de que estos últimos encuentros eran los más armoniosos desde que nos conocíamos, tenía la esperanza de que la nueva relación fuera la excusa perfecta para que esta vez la ruptura fuera definitiva.

-¿Y dónde lo conociste?- inquirió M.

-Te dije que no quiero hablar de eso.

– ¿Pero existe o lo inventas?

– Si, claro que existe. Lo conocí en una sala de chat- dije sabiendo que era una conversación digna de dos alumnos de escuela primaria

– Qué lamentable, Verónica –

Y coronó la frase con una risa histérica e interminable Se vino  el momento del bullying, pensé, M. y sus múltiples estados anímicos contra cada aspecto de mi personalidad y mi imagen. .

Es posible perderse en tu barrio natal, yo lo hice esa noche. Mis sentidos estaban colapsados como en todos los brotes de M; que podía hablar infinitamente cuando se enojaba. Tampoco conocía tan bien todas las calles de Avellaneda, en general recorría el camino de mi casa hacia algunos puntos específicos; hacia el centro o hacia la puerta de salida, el puente Pueyrredón. No sabía el nombre de las calles, como si mi estadía fuera temporal, aunque hacía 22 años que vivía ahí. Caminando por esas calles no podía evitar ver lo horrible de las construcciones con la primera luz del día. No estamos lejos de la plaza Alsina, sin embargo todo Avellaneda era como la parte de atrás de un decorado conformado solo por  las tres cuadras más comerciales de la avenida principal. Íbamos caminando cruzando los portones de las fábricas o depósitos o vaya a saber qué eran esos lugares desiertos, separados por pequeñas casas viejas y gastadas o recientes y gastadas o remodeladas y gastadas. ¿Por qué no se había ido todavía de ahí?

Llegamos a mi monoambiente sin noción del tiempo transcurrido cuando  la luz del sol se había convertido en rayos. Desde que empezo la conversacion hasta que finalmente M. se decidió a irse de mi casa fui indiferente, sentimental, un poco  hiriente, llore, me rei, grite, tuve antojo de los churros recién fritos de “El sol de Galicia”, descarte el antojo por inoportuno, seguí llorando y finalmente le dije a M. con toda la convicción de dos años de sufrimiento, cansancio y maltratos: callate porque te mato, te juro que te mato. M. hizo silencio. Vamos a calmarnos, dijo  y finalmente  después de un rato se fue, como un perro que se calma después de un susto.

Yo subí y me fui derecho al hueco de mi balcón francés a sentir la brisa fresca de septiembre. Avellaneda era bella desde el sexto piso de mi ventana desde esa distancia se borraban los detalles, no se entendían los defectos.

¿Sería el final, después de todo? Probablemente no. Eran como el coyote y el correcaminos, no se sabía quién iba a terminar con quién, podían repetir la misma rutina con pequeñas variables hasta el infinito . Habían pasado solo unos minutos y  ya nada de lo ocurrido me pareció tan grave, ni definitivo. El amor en ese entonces era como una prenda que se quiere tener. Un pantalón antiguo, pata de elefante,  que se disfruta hasta que se rompe. Que se arregla y se vuelve a poner. Que sirve para dejar algo amargo y divertido que contar.