La teoría del mono dopado

por Nina Suárez

Quiero empezar diciendo que siempre prefiero dejar las cosas como están, durante la noche o las comidas. Si me lo piden obvio que guardo todo en el cajón, lo que sí: después hay que volver a empezar. Y nunca me acuerdo bien dónde había quedado la historia. Por eso anoche todos los juguetes quedaron apoyados en la cabecera de mi cama, que para ellos era una cordillera en la que estaba a punto de desatarse una gran batalla. Tres dragones versus tres robots. Los dragones siempre ganan.

Cuando escuché esos ruidos en la madera me imaginé que eran ellos saliendo a volar por la casa mientras la familia dormía, pero el crujido siguió mucho tiempo más. Me asomé por el borde de la cama para espiar. En la penumbra estaban reposados un autito de hotwheels y un caballo de playmobil, contemplando la rayas de luz de luna (o faro de la calle, que para ellos es luna suficiente) que atravesaban la ventana. Rápidamente volví a fijar la vista en el techo, no quise que se percataran de mi vigilia. Mantuve la oreja bien pegada a la orilla del colchón para escuchar.

–Estuve pensando mucho en la terapia psicodélica.

–‘’Que manifiesta la mente’. ¿Qué pensaste?

–Que tiene sentido.

–…

–Ambas prácticas comparten la posibilidad de autocuestionarse en un espacio seguro.

–¿Cuál sería el espacio seguro cuando estás dopado?

–Justamente. Te ponés a pensar de repente en cosas muy intensas, privadas, secretos de tu interior. Te asustás, te incomodás, te vás. Y ahí es cuando podés volver pensando ‘’ah, cierto que me tomé unas gotas’’. No volvés a encerrar esos pensamientos en un lugar recóndito, los dejás reposados en el estado en el que estás. Se los adjudicás a la sustancia.

Escuché las ruedas del autito rechinar, me pareció que asentía.

–¿Y lo que sacás para afuera en una sesión con el psicólogo lo dejás ‘’reposado’’ en su sillón? – contestó.

–Sí. Te tirás al pozo con una soga atada a la superficie.

–¿Y decís que el psicoanálisis es eso? ¿Tirarse a un pozo con una soga atada a la superficie?

–Una soga resistente, que desciende con lentitud y cautela. Que va asegurando el camino.

–La droga es más caída libre.

–Por eso digo que la combinación tiene sentido.

–Ja. ¿Te acordás cuando los monos que venían en ese juego de mesa nos hicieron ese chiste de que se habían comido unos hongos y que se les salía el cerebro para afuera?

–Ah sí, y corrían por todos lados gritando ‘’LENGUAAAJEEEE’’. Ahora me da más risa que en ese momento.

–¿Habrá sido en serio así que evolucionaron Los Gigantes?

–Lo único que puedo pensar es que no existía el psicoanálisis, no había ninguna soga, ni arnés, ni nada. Entonces…caída libre con resultados imprevisibles.

–¿Selección natural de aquellos que tuvieron una predisposición pensante?

–Aptos naturales a manejar su estado contemplativo, o el miedo.

–Y tú miedo tan profundo, oculto y enraizado, ¿sabés cuál es? ¿De qué tipo de mono descendés? Pensé que eras un caballo de plástico nada más.

–Ja. Qué sé yo…me da miedo lo que se marchita rápido, lo que deja fugaces recuerdos de un estado bello y feliz para desaparecer en una noche donde cae la helada. Me parece un montaje siniestro de lo que se seca.

–…

–Volvamos ya. Estamos levantando mucho la perdiz.

Ambos desaparecieron adentrándose de nuevo bajo mi cama, en la oscuridad. Me dormí a la fuerza transpirando. Hoy ya es todo borroso y cruel. Mi mamá está en la cocina diciéndole a Marcelo que tuve una pesadilla, que ya no me va a dejar jugar hasta tan tarde.