Los 33

por Delfina Korn

Después de la operación, una amiga me pregunta: ¿Cómo estás?. Estoy bien pero muerta, le digo. Luego me quedo pensando y aclaro: muerta como una metáfora de cansada, no como una definición de mi estado biológico. La muerte y el cansancio también están relacionados en el eufemismo “ahora descansa”, que se dice cuando una persona murió, como si toda la vida no fuese más que un largo y tedioso derrotero en busca de una cama. Ahora, que pasaron más horas y hasta algunos días, podría describir mi estado como: lobotómica. Tengo una fe y una esperanza renovadas en la vida y una amiga me dice que es algo muy extraño en mí, que qué me hicieron: una lobotomía, le respondo certera. Pedí que me hicieran una lobotomía ya que me abrían, como una compañera de danza que dice que se encargó una liposucción “de paso” cuando le iban a sacar un ovario. Una historia francamente inverosímil para mí. Cómo podría no sentirme esperanzada cuando, después de haberme despedido mentalmente de toda la gente que quiero, desperté viva. Además, sé que lo mejor está por venir. Recuerdo una conocida que encontró el amor después de que le sacaran siete tumores del estómago. Ella se la pasaba contando la historia y luego sacaba el celular: ¿te muestro una foto? Y uno pensaba que mostraría la foto del nuevo amor pero no, mostraba una foto de los tumores. Mi estrategia para sobrevivir fue expresarles con voz clara y de manera definida a la instrumentadora y la anestesista del quirófano, por qué yo necesito seguir viviendo, segundos antes de que me durmieran. Generar una sensación de grupo, de estamos todos juntos en esto. Al cirujano ni siquiera me dirigí porque él es hombre y cirujano. Hablé con ellas: chicas, tengo miedo, les dije, como si estuviéramos en cuarto grado y fuésemos mejores amigas desde la primaria. Yo tengo que hacer muchas cosas todavía, tengo que escribir, me gustaría tener un hijo pero… Entonces me empezaron a pasar por la vena un líquido calmante que me endulzó, y una de ellas me agarró la mano. Y ahí ya no tuve miedo a nada, y todo era increíblemente espectacular: sucumbir en ese sueño que podía llevarme hacia la nada total, hacia el fin de la vida o el comienzo, porque prescindir de la consciencia es conectarse con el útero del mundo donde todo se genera. Esa caída es fenomenal: resignar toda voluntad, todo deseo. Rendirse. Quedar dormido en manos de otro. No solo dormido: inefablemente relajado. Relajado al punto de que los pulmones están tan relajados que no inspiran por sí solos: los asiste un tubo. Poder olvidarme por un rato de la responsabilidad de estar viva y mutar en otra cosa, en sustancia pura. No accionar más, no hablar, no decir más nada. Si vuelvo, escribiré sobre esto, pero si no vuelvo está todo bien, me voy feliz. Sin drogas sería imposible la existencia. Sin calmantes. Las chicas me preguntan de qué trabajo: soy periodista. ¿Estás trabajando en este momento? Y hago el peor chiste de mi vida, espero que no sea este mi acto final, porque es un chiste tipo de una tía abuela que habla con muertos y te llama una vez por año solo para chequear si sigue teniendo bien fechado tu cumpleaños. No, en este preciso momento no estoy trabajando, les respondo irónica. En este momento estoy desnuda. Mi cuerpo es hermoso. Soy flaca, musculosa, completamente digna de amor, para que quede claro. Pero estoy cubierta por una bata espeluznante, o no sé de qué otra manera llamarla. Una especie de camisolín abierto a los costados, atado por tiritas, como imagino que son los vestuarios de los condenados a la horca en Irán, cuando los pasean antes del show. Una ropa destinada a humillarme. Lo que tengo, la razón de mi operación, no es nada, es una tontería. Para que quede claro: nunca este cuerpo me dio mayores problemas. Nunca estuve internada por haberme roto todos los huesos como esa escritora que amo. Nunca enfrenté un dolor extremo, pero como todos
los mortales, sé que ese será mi destino algún día. Pero gracias a Dios existen los calmantes. Chicas, ustedes cómo están, con el coronavirus y todo eso, les pregunto. Me explican, que no importa contar los respiradores, porque cuando llegás al respirador ya estás frito. Yo lo único que les pido, por Dios, es que cuando me duerma, me saquen el barbijo, porque yo con esto no puedo respirar. Les hablo como si yo fuera Lady Gaga y ellas mis asistentes antes del concierto: por favor acomódenme el micrófono. Y si no puedo respirar cuando esté dormida, no voy a poder decírselos y me voy a morir asfixiada. Cuando me pongo un poco pesada con el tema y las chicas ya no saben cómo calmarme, habla el hombre con autoridad: no te vas a quedar con el barbijo. Poco sé yo que dentro de unos minutos voy a ser carne tibia en el matadero, entubada, con herramientas penetrando mi vagina sin consentimiento. Mejor dicho: acabo de firmar el consentimiento. Qué buen momento elegiste para hacerme firmar este contrato, pienso, pero no le digo, al cirujano. Estoy desnuda, con los brazos en cruz y atada a un monitor. Qué oportuno. Ahora entiendo a qué se refieren cuando hablan de un testimonio obtenido a la fuerza. En unos minutos me voy a parecer a la bolsa de agua caliente forrada de piel sintética que suelo apoyar sobre mis pies mientras trabajo, y tengo la sensación de que es un animal que estuvo vivo. Como si antes de sentarme a trabajar, yo hubiese salido a cazar un zorrino, un gato o un conejo, y me hubiese echado su cadáver encima para darme calor. El sanatorio donde estoy queda en la calle paralela a la de mi casa, sus ventanas dan a la mía. Por eso en la vida normal, cuando bailo como una loca en mi living, cierro la cortina. Me parece un poco indecoroso bailar frente a los moribundos. A veces pienso que mis bailes los alegran, pero la mayor parte del tiempo me
parece un abuso menear mi cuerpo frente a los que no pueden levantarse, como cuando escuchaba cojer a mis vecinos y estaba segura de que lo hacían para que yo, que estaba sola, los escuchara. Arriba había una pareja heterosexual y al lado una pareja de hombres. Yo los escuchaba cojer a todos. Todos tenían pene menos yo. Igual los dos hombres no me daban celos. Sólo donde había una mujer me sentía yo celosa. A veces rezo específicamente por los enfermos de este hospital: no quiero que nadie que esté cerca mío sufra. Y me parece que mis plegarias, por estar a una cuadra, pueden ser más eficaces que las de un familiar que está a kilómetros de distancia. Pienso que todas esas plegarias quizás reboten en el tiempo y recaigan ahora sobre mí. Igual ya tengo gente rezando. Hay mucha gente que quiero y me quiere, pero para esta tarea específica seleccioné un grupo VIP. No todos tienen la misma potencia a la hora de torcer el destino de una vida. Los que creen que la tienen o parece que la tienen, a veces no la tienen. Yo creo que puedo detectar bien quién la tiene y eso me da seguridad. Pensé en llamar a algún exnovio o examiga antes de la operación pero dije no, si muero, que sea una muerte digna. Igual sé que ellos van a aparecer solos después. No porque vayan a enterarse sino porque van a sentir mi ausencia durante el tiempo que esté abstraída del mundo, y eso me pone contenta. Sé que si yo no deseo más nada, alguien va a desearme a mí. Lo sé porque llevo una vida deseando lo que no está. Tengo otro miedo-obsesión que es tan terrorífico que ni siquiera se lo pronuncio a las chicas: pienso que me van a malinterpretar, me van a confundir con muerta y voy a estar viva, y me van a enterrar así, como a esa drama queen del cementerio de la Recoleta. Eso sí que es realmente preocupante para mí, especialmente porque me siento culpable desde que, en el entierro de una persona que yo quería mucho, sentí que la persona daba golpecitos dentro del ataúd para que le abrieran. Pensé debo estar loca y me quedé callada. Y eso me atormenta desde entonces. Y por eso pienso que, como castigo, podría pasarme a mí. Yo no sé por qué a los arquitectos de este hospital se les ocurrió construirle todo un revestimiento de luces rojas en la fachada de sus últimos pisos, como una advertencia inapelable de que uno está a un paso de arder en el infierno para siempre. Contra la fobia de encontrarme atrapada en una caja de madera, antes de entrar al quirófano tuve un último gesto de rebeldía que fue pararme sobre la camilla mientras esperábamos el ascensor (por algún motivo no me dejaban ir caminando) y dar un pequeño saltito, como si fuese una atleta a punto de entrar a la cancha. Fue una locura, lo sé. ¿Qué haces?, me dijo la camillera indignada. Te podés caer y te podés lastimar y llenar de hematomas. El reto es ridículo porque es obvio que yo ya lo sé. Me habla como si yo fuera una niña y ella mi mamá aunque tenemos la misma edad. Igual no lo pienso volver a hacer. Es que yo, que vivo enfrente de este hospital y veo pasar camillas todo el tiempo, sé que en este trayecto se dirime quién vive y quién muere, y quiero dejar en claro mi voluntad. A veces, desde mi ventana, me doy cuenta por la cadencia del paso de los camilleros que la persona que están llevando se va a morir. Y de repente se me aparece una cara pegada a la ventana. ¿Cómo llegó hasta acá? Está haciendo sus últimas visitas. Pero, ¿por qué me visitaría a mí, una completa extraña? ¿Por qué no a un ser querido? Bueno, porque quizás antes de morir, una persona se siente con ganas de ver algo que nunca vio antes, pienso. Ahora estoy del otro lado del vidrio. Ya desperté de la anestesia y miro hacia la ventana de mi casa. Intento chequear si se ve para adentro, para saber si debo seguir cuidándome de exhibir mis bailes indecorosos, pero no lo sé porque dejé cerradas las cortinas. Yo no sabía esta mañana que me iban a operar y ni siquiera sé si dejé bien apagadas las hornallas y eso es lo que más me preocupa. Si me muero, que me rieguen las plantas. No puedo abandonar miss obligaciones terrenales. Espero que encuentres un novio pronto, me dice la anestesista. Sé que voy a tener suerte con esta virginidad reencontrada. Gracias, le digo, y me pregunto qué más le habré contado. ¿No es una magia increíble que un pulmón pueda relajarse al punto de no tener más el impulso de contraerse y respirar, y luego vuelva a funcionar? ¿No hay algo absolutamente delirante y paranormal en la medicina? ¿Cómo estás?, me pregunta mi hermana. Durante un rato aprovecho la sedación para decirlo todo como tengo ganas. O la excusa de la sedación. Estamos bien, los 33, me sale decir. El año que viene cumplo 33.