Entrar en mi cuerpo

por Laura Seijo

Mi hermana me decía que yo era sucia. Me lo decía bastante y yo no entendía, porque me bañaba con la misma frecuencia que ella: día por medio. No lo elegía yo, era la frecuencia de la casa. En la casa de mi amigo Esteban también se bañaban día por medio. Pero mi pelo era más grasoso, o no sé, al segundo día ya estaba horrible, separado.

En un momento tuve seborrea, “seborrea, qué asco”. Es verdad que suena horrible, y era bastante desagradable. Era un pedacito nada más, en la parte de arriba de la cabeza a la izquierda, casi no se veía, pero cuando me pasaba el peine por ahí hacía un ruido que me daba escalofríos. Yo decía “tengo cascarones” y a mi hermana le parecía más asqueroso todavía.

Después una compañera del B lo tuvo pero en toda la cabeza. Y en vez de taparlas se hizo muchas trenzas finitas con las que se le veía todo el cuero cabelludo, y yo no podía entender por qué justo en ese momento con la seborrea en toda la cabeza ella tenía ganas de hacerse trenzas.

Entonces yo era sucia y perdía todas las cosas, y rompía los juguetes, pero eso no era verdad. A los 7 años mis piernas son dos palos, mis rodillas miran para adentro y corro chueca. Mi hermana está en la calle con sus amigos y me dice “¡corré Luli!”, y yo corro y ellos se ríen. Es como un truco, me gusta poder hacer algo que les haga reír.

La mamá de Esteban nos hacía competencia de piojos, los piojos de cada uno en dos vasos con agua caliente. Me confundía pensar si en ese caso era bueno ganar pero siempre ganaba. Puedo imaginar la frustración de mi mamá cada vez que no pasábamos la revisación en la pileta, después de las horas al sol en la escalera del patio, con el pelo seco y el peine fino. “Tiene liendres”, y otra vez mirar la clase a través del vidrio, en los cuadrados adonde iban las madres a mirar a sus hijos. A mi mamá no le gustaba ir a los cuadrados, a mí tampoco.

Al dentista no le tenía miedo porque iba muy seguido a que me agreguen más alambres en los aparatos. Era un gordo enorme con una nariz de gancho y un consultorio mínimo, como si lo hubieran hecho adentro de un placard. Entraba solamente el asiento contra la pared y él, que con una silla con rueditas se movía de un lado al otro del triángulo placard que era su consultorio, y cuando cerraba la puerta de vidrio celeste su panza te quedaba casi en la cara. Para que pueda entrar mi mamá había que dejar la puerta abierta. “Es mentiroso” decía ella, porque no le gustaba que fabulara, como la vez que dijo que tenía la nariz de gancho porque de joven había atravesado la vidriera de una confitería en una pelea callejera.

Para explicar lo que planeaba hacer usaba la metáfora de que la boca era el living, y las muelas y los dientes eran los muebles y que mi living era muy chico para todos los muebles. Entonces una opción era regalar algunos sillones, cuatro para ser exactos, de manera que las dos paletas que tenía clavadas en el medio del paladar se pudieran ir para adelante. Pero él no estaba de acuerdo con eso, con perder piezas, así que la opción era un trabajo fino. “Va a quedar un poco dientudita”. Yo me acuerdo de que lo dijo, mi mamá no.

Una vez por mes al dentista y cada tres meses al traumatólogo. Primero hacíamos las placas y pasábamos a la sala de espera, mi mamá abría el sobre para mirar las radiografías, y a mí me daba vergüenza que las demás personas vieran la S en mi columna y pensaran mal de mí, ¿en qué lugar estaba yo con respecto a la línea divisoria de la normalidad?

Después nos atendía el médico, trazaba las líneas de las vértebras sobre la radiografía y medía con un transportador los grados de la escoliosis. 20, 22, 27, me acuerdo que había un número a partir del cual era pertinente usar un corset, porque todavía la columna es flexible, porque va a pegar el estirón, porque se puede disparar.

Las ortopedias son lugares que no transmiten optimismo. Cuando fuimos a hacer el molde me acosté en una camilla especial y un empleado envolvió mi cuerpo con tiras de gasa embebidas en yeso, esperamos a que se endurezca y cortó con una trincheta toda una línea a lo largo de mi torso para sacarlo. Después me mostraron un corset terminado y entendí cómo era. No pensaba que iba a ser así, no sé cómo pensaba que iba a ser. A mi mamá le dio bronca cuando salimos que yo estuviera llorando y mi amiga, la tímida, que nos acompañó, no dijera nada.

Cuando nos lo entregaron fuimos a Once a comprar camisetas de hombre para ponerme abajo de ese torso de acrílico y algunas remeras grandes. Era verano y las gotas de sudor me hacían cosquillas cayendo por la columna y con el corset puesto era imposible rascarse.

A mis hermanas les preocupaba que no pudiera levantarme sola si me caía al piso así que cuando llegué lo practicamos un par de veces en el medio de la pieza. No era difícil, de a poco también fui desarrollando más habilidades, como levantar casi todas las cosas con los dedos de los pies y ajustarme los abrojos de la espalda yo sola.

Al revés de lo esperable, no recuerdo haber vivido esa etapa con demasiado dramatismo, antes de la adolescencia me tenía una confianza plena. Ahora ya no llevo conmigo ningún aparato que haga visibles mis defectos, pero resulta que parezco más joven de los que soy. Los bicicleteros por ejemplo me dicen “nena”, y me quieren arreglar la bicicleta así nomás. Me preocupa que por ese rasgo las personas no me tomen en serio, que piensen que no tengo suficiente experiencia vital.